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El Paso de Kasserine: La derrota mas humillante de los EEUU durante la Segunda Guerra Mundial ✙💥

"Oye Brad ¿que paso en Kasserine? oí que fue un desastre"
- Aparentemente todo salio mal, les mandamos una de 75 y los "Krauss" nos devolvían otra de 88
El anterior es una dialogo ocurrido en la pelicula Patton (1970) entre el personaje principal, el general George S. Patton, y el General Omar Bradley, interpretados por George C. Scott y Karl Malden respectivamente.

A continuación trataremos de responder, un poco mas extensamente, la pregunta del "Viejo sangre y agallas".

▪ Cuidado con un zorro del desierto cuando está acorralado

Era el invierno de 1943, y los aliados tenían todas las razones del mundo para creer que estaban al borde de la victoria total en el norte de África, los GI estadounidenses se sentían mas que confiados mientras se preparaban para su primera batalla terrestre contra los alemanes. Hasta ese momento, no había sido una guerra difícil para ellos. Las tropas estaban bien alimentadas, bien pagadas y bien equipadas, especialmente en comparación con sus aliados, los "Tommies" británicos, desgarrados y envidiosos. Aún mejor, su bautismo de fuego había sido el tomar tierra en Argelia y Marruecos en noviembre de 1942, donde sus rivales habían sido los desmotivados soldados franceses de Vichy que, después de oponer resistencia al principio, no tardaron mucho en capitular.

Quizás derrotar a Hitler no sería tan difícil, después de todo.

Los GI iban a tener que aprender lo que sus primos británicos también habían aprendido por las malas: Nunca subestimes a los alemanes.

Pronto, el mariscal de campo Erwin Rommel, apodado el "Zorro del desierto" por los británicos, les enseñaría a los novatos estadounidenses una lección sobre el arte de la guerra en un polvoriento desfiladero llamado Paso de Kasserine.


Quizás los estadounidenses podían ser perdonados por su exceso de confianza. La legendaria racha ganadora de Rommel y su Afrika Korps había llegado a su fin en El Alamein, en noviembre de 1942. Ahora, perseguido por el Octavo ejército británico del mariscal de campo Bernard Montgomery, Rommel había abandonado a su "carne de cañón" italiano y se había retirado a lo largo de la costa norteafricana, casi 1400 millas, desde Egipto hasta Túnez.

Durante casi dos años, los ejércitos británico y alemán en África habían bailado al mismo ritmo: los británicos atacaban y gastaban sus suministros, los alemanes retrocedían a sus bases y contraatacaban, los británicos se retiraban ahora a sus bases y contraatacaban, “enjuagaban y repetían”.

Pero en El Alamein había sido diferente, fue una derrota a gran escala. Mientras el Octavo Ejército se recomponía y perseguía con cautela a Rommel desde el este, el Primer Ejército Británico y el II Cuerpo de los Estados Unidos desembarcaron en Argelia y Marruecos en el extremo occidental del Mediterráneo. Lo que significaba que Rommel iba a ser copado por dos lados, atrapado entre las pinzas aliadas, el desierto y el profundo mar azul.

Pero un zorro atrapado no es menos peligroso. Las “ruedas” aliadas fallaron durante la “Carrera por Túnez”, donde ambas partes se lanzaron para tomar ese puerto vital que sostenía ahora la logística del Eje, al final las tropas germanas expulsaron con relativa facilidad a los franceses de Henri Giraud. Los Aliados habían tardado demasiado, pero en su defensa podemos decir que se vieron perjudicados por la lluvia y el barro, los suministros deficientes, el escaso mando y la superioridad aérea alemana: la Luftwaffe operaba desde los aeródromos bien pavimentados de Túnez, mientras los aviones aliados se hundían en las pistas de tierra pantanosas.

Mientras que otro señor de la guerra podría haber intentado evacuar a sus tropas para luchar otro día, Hitler estaba dispuesto a sacrificar las suyas para retener una cabeza de puente, en la creencia (no del todo ilógica) de que era mejor hacer que los Aliados pelearan por ese pedazo de desierto africano a que pusieran pie en Europa continental. Para reforzar a los 50.000 soldados alemanes e italianos del Afrika Korps de Rommel, Hitler envió 112.000 hombres, así como más tanques (incluyendo un batallón de Tiger), aviones y suministros. Pronto el Quinto Ejército Panzer se unió al Panzerarmee Afrika de Rommel.

Justo un año antes, esa misma generosidad podría haberle dado a Alemania el Medio Oriente. Ahora Hitler solo estaba ganando tiempo para un milagro.


▪ Tunez, cabeza de puente

Túnez estaba protegida hacia el oeste por las montañas Atlas, que eran cruzadas por solo unos pocos pasos, incluido el de Kasserine. Los Aliados estuvieron a punto de cruzar esa cordillera, solo para ser detenidos por los Panzer y los Stuka. Para el teniente general Dwight Eisenhower, el comandante supremo del Mediterráneo, que solo dos años antes había sido un simple coronel en el Pentágono, esta también era una especie de bautismo. No solo había sido puesto al mando de medio millón de hombres, sino que también tenía que mantener la paz entre su colección de generales estadounidenses, británicos y franceses. Eisenhower, decidió detenerse y reagruparse, en el punto estratégico de Tébessa, para luego reanudar el avance con mas seguridad. El Primer Ejército Británico bajo el mando del Teniente General Sir Kenneth Andersen ocupó el sector norte, con el Francés Libre del XIX Cuerpo de Armee en el centro y el II Cuerpo estadounidense en el extremo sur de la cordillera. Dada la escasez de combustible en el ejército de Rommel, los Aliados no esperaban que éste intentaría realizar alguna maniobra ofensiva.

Pero su enemigo eligió no esperar. Fieles a su tradición de elegir el ataque sobre la defensa, los alemanes planearon golpear primero. Pero al igual que los Aliados, estaban divididos por la disensión entre Rommel y el general Hans-Jürgen von Arnim, el comandante del Quinto Ejército Panzer más cauteloso. Finalmente se ideó un plan que convirtió el cerco, en el que encontraban, en una ventaja: los ejércitos aliados del este y el oeste estaban separados por la cabeza de puente tunecina, lo que le daba al Eje la oportunidad de concentrarse en un ala Aliada, y luego en la otra. Mientras que el Octavo Ejército de Montgomery era mantenido a raya por las defensas de la Línea Mareth, la fuerza de asalto centrada alrededor de las Divisiones Panzer Décima y XXI golpearía a los estadounidenses en los pasos de Kasserine y Sbiba.

▪ Problemas de dirección

Los aliados no podrían haberlo dejado más fácil. Su avance desordenado había dejado a las columnas estadounidenses, británicas y francesas libres dispersas y desorganizadas. Peor aún, el II Cuerpo estadounidense era comandado por el teniente general Lloyd Fredendall, el primero de entre los malos generales estadounidenses del siglo XX. El historiador Martin Blumenson, bastante critico con el general en mención, describe el puesto de mando de Fredendall, ubicado a setenta millas detrás de las líneas del frente de la siguiente manera: 

"Los comandantes generalmente intentan establecer su cuartel general cerca de una carretera, adyacente a las instalaciones de comunicaciones existentes y lo suficientemente cerca de las unidades de combate para visitas convenientes. El de Fredendall estaba distante del frente alejado por un cañón, una quebrada a la que solo se podía acceder por un camino apenas transitable construido por los ingenieros de su cuerpo. Aunque las altas montañas y las laderas boscosas ocultaban su presencia, había excavado refugios subterráneos. Doscientos ingenieros trabajarían durante más de tres semanas en este proyecto, y luego lo abandonarían sin terminar bajo la amenaza alemana en Kasserine".

Fredendall era un “micromanager” que colocó sus batallones en lugar de dejar la decisión a sus subordinados en el lugar. Quizás tenía sentido en un mapa fortificar los montes o colinas tunecinas en puntos fuertes. Pero las cimas estaban demasiado separadas para apoyarse mutuamente, ni podían evitar que el enemigo se infiltrara a través de los valles. Tampoco ayudó el hecho de que Fredendall se la pasara discutiendo con el general Kenneth Anderson, comandante del Primer Ejército británico. Los estadounidenses en general se sentían incómodos con Anderson, considerándolo un escocés "triste y prototípico". Como a la mayoría de los oficiales británicos, le gustaba supervisar de cerca los planes tácticos de sus subordinados, que para las sensibilidades estadounidenses se sentía demasiado como una interferencia no invitada.

Por si fuera poco, el estadounidense tenía la costumbre de emitir órdenes usando palabras que nadie entendía. Su intención era confundir al enemigo por si éste estaba interviniendo sus comunicaciones, pero órdenes como “Mueva su comando, es decir, los niños que caminan, las armas de fuego, el atuendo de Baker y el atuendo que es el reverso del atuendo de Baker y los grandes compañeros de M, que está al norte de donde estás ahora, lo antes posible. Haga que sus hijos se reporten con el caballero francés cuyo nombre comienza con J en un lugar que comienza con D, que es cinco cuadrículas a la izquierda de M”, solo lograron confundir a sus propios hombres.

A los GI de Fredendall también les faltaba. No el coraje, sino la experiencia suficiente a sabiendas de que los ejércitos aprenden por las malas. La 34va División de Infantería, por ejemplo, estaba compuesta por miembros de la Guardia Nacional que carecían de aptitud física y habilidades básicas de soldado, como la lectura de mapas. Los estadounidenses no colocaron campos minados frente a sus posiciones, porque lo creían innecesario. Y cuando lo hicieron, en algunas zonas, los marcaban con banderas para que sus propias tropas no se toparan con ellos; los alemanes apreciaron la consideración mas adelante. Como vemos, las comunicaciones, el comando y el control resultaron inadecuados. En cuanto al equipo, el M4 Sherman era un tanque decente a principios de 1943, mientras que los cañones antitanques montados en medio riel eran vulnerables. Cuando después de la derrota el general Omar Bradley le preguntó a un soldado si las balas de ametralladoras alemanas podían penetrar en los portadores de tropas M3 de media vía, la respuesta fue: “No, señor, solo atraviesan la pared y se mueven un poco”.

Kasserine fue en realidad una serie de batallas perdidas. Las primeras víctimas fueron los franceses libres, que fueron expulsados ​​del Paso de Faid el 30 de enero por las tropas germano-italianas: una insuficiente respuesta blindada estadounidense fue diezmada por las poderosas armas antitanque alemanas. Envalentonado con esto, Rommel instó a un ataque masivo, para capturar Tébessa, que comandaría él mismo. Afortunadamente para los Aliados, los mandos alemanes modificaron el plan original y optaron por dos ataques separados, uno lanzado por von Arnim y el otro por el propio Rommel, que no iban a poder apoyarse mutuamente. El plan era muy sencillo: primero Rommel avanzaría hacía Sfax mientras Arnim tomaba Sidi Bou Said, y así tendrían dos alas abiertas para aplastar a los americanos en una pinza. Todo ello se realizaría con tan sólo 22.000 hombres.

▪ La ofensiva da inicio

La primera parte de la ofensiva alemana, la Operación Frühlingswind (“Viento de primavera”), comenzó en la madrugada del 14 de febrero. La Décima División Panzer atravesó el Paso Faid, usando una tormenta de arena cegadora como cobertura perfecta. Al mismo tiempo, la veterana 21 División Panzer corrió a través de las montañas al sur de Sidi Bou Zid, luego giró hacia el norte, con la intención de unirse con la décima. Los objetivos iniciales de los alemanes eran un par de colinas, conocidas localmente como djebels, que protegían el camino de Faid a Sebeitla. Después de rodear estos puestos de avanzada aliados, las tropas de von Arnim capturarían Sidi Bou Zid.

Las dos colinas en cuestión, Djebel Lessouda y Djebel Ksaira, flanqueaban a Sidi Bou Zid y parecían buenas posiciones defensivas, sobre el papel. Fredendall había colocado unidades de infantería en la cima de cada colina, con la intención de que redujeran el avance alemán hasta que las fuerzas mecanizadas estadounidenses pudieran lidiar con ellas. Desafortunadamente, había muy pocos hombres en las colinas, y estaban demasiado lejos los unos de los otros para proporcionarse apoyo mutuo. La infantería en la cima de cada colina se redujo a indefensos observadores de una debacle estadounidense que se desarrollaba rápidamente en las llanuras más abajo.

El coronel Thomas D. Drake, del 165º Regimiento de Infantería, 34ª División, estaba situado en Djebel Ksaira, observando el espectáculo con creciente frustración. Drake llamó por teléfono al puesto de comando de Sidi Bou Zid, advirtiéndoles que parte de la artillería estadounidense ya mostraba signos de pánico. Los comandantes en la retaguardia se negaron a creerlo, insistiendo en que los hombres solo estaban cambiando de posición. “¡Cambiando de posición, demonios!”, respondió Drake. “¡Sé reconocer el pánico cuando lo veo!”.

Por fin, los blindados estadounidenses avanzaron para enfrentar la creciente amenaza. La fuerza del coronel Louis V. Hightower, dos compañías de tanques y una docena de destructores de tanques, avanzaron desde Sidi Bou Zid para atacar de frente al décimo Panzer. Hightower y sus tripulaciones inexpertas eran valientes pero eran superados en número y se enfrentaban a un enemigo bien preparado. La artillería alemana de 88 mm anotó golpe tras golpe, convirtiendo a los tanques estadounidenses en ataúdes en llamas uno por uno. Los M4 Sherman, que por alguna razón se habían apodado “Honey”, recibieron un apodo más burlón, si bien preciso, por los alemanes: “Ronson”, después de encenderse, porque estallaban en llamas con mucha facilidad. 

La combinación de proyectiles de artillería alemanes y fuego de tanques de largo alcance resultó demasiado para los hombres de Hightower, que intentaron en vano llevar a cabo una retirada. El propio tanque de Hightower fue noqueado, pero no antes de que destruyera cuatro Panzer. Hightower y su tripulación lograron escapar del campo de batalla en medio del humo y el polvo. Fueron los afortunados; solo 7 de los 51 tanques de Hightower sobrevivieron a la derrota. Los otros 44 se perdieron, y Sidi Bou Zid tuvo que ser abandonado.

▪ Un contraataque desastroso

En poco tiempo, el 21º Panzer se unió al 10º Panzer, y avanzaron rápidamente para consolidar sus ganancias. Los 2.500 soldados de infantería estadounidenses en las dos colinas estaban ahora aislados, eran literalmente islas de resistencia en un mar alemán. Drake todavía sostenía obstinadamente a Djebel Ksaira y John Waters, el yerno de George Patton, sostenía a Djebel Lessouda, pero las posibilidades de una ruptura exitosa disminuían cada hora. Mientras tanto, de vuelta en su cuartel general, Fredendall se negó a permitir que Waters y Drake escaparan mientras aún había tiempo. Su terquedad se vio agravada por suposiciones erróneas y mala inteligencia. El general británico Anderson, superior de Fredendall, estaba convencido de que el ataque alemán en Sidi Bou Zid era simplemente un ataque de distracción para un golpe más grande más al norte. La inteligencia aliada también insistió en que solo había una división Panzer en el sur. Como resultado, solo un batallón de tanques: El 2º Batallón del Coronel James Alger del 1er Regimiento Blindado, fue enviado para enfrentarse con los alemanes y rescatar a los estadounidenses atrapados en las dos colinas.



El equipo de Alger era bueno, pero sus tácticas eran malas y sus hombres eran valientes pero inexpertos. No sabían que iban a enfrentar no a una sino a dos divisiones Panzer. El resultado fue un ejemplo de lo que no se debe hacer en la guerra blindada del desierto. El contraataque de Alger comenzó el 15 de febrero. Los 58 Sherman se adelantaron a gran velocidad, lo que significaba que enormes nubes de polvo marcaban su paso. Se levantó tanto polvo que las tripulaciones quedaron cegadas, y las gruesas columnas de polvo los hicieron fáciles de detectar y apuntar. Los tanques estadounidenses avanzaron en una formación en forma de V. Era como una carga de caballería a la antigua, pero los alemanes estaban a punto de traer a los estadounidenses gustosamente al siglo XX.

La artillería alemana escondida en medio de olivares abrió fuego, y los tanques alemanes atacaron los flancos de Alger. En poco tiempo, los estadounidenses quedaron atrapados. Solo cuatro tanques lograron escapar de la debacle. El batallón completo fue aniquilado, con 54 tanques perdidos y unos 300 hombres muertos, heridos o capturados, incluido Alger, quien fue hecho prisionero. El comandante de división mayor general Orlando Ward se quedó literalmente en la oscuridad acerca del resultado del ataque. Se levantó tanto humo y polvo en la batalla que solo pudo informar a Fredendall: “Podríamos haberlos golpeado, o podrían habernos golpeado a nosotros”. Pronto quedó claro quién había dado el golpe.

Al darse cuenta por fin de que el rescate era imposible, Fredendall dio un permiso tardío a las dos fuerzas atrapadas en la cima de las colinas para intentar escapar por su cuenta. Drake condujo a sus hombres por las laderas de Djebel Ksaira al amparo de la oscuridad, pero pronto se encontró con tanques alemanes, que lo rodearon a él y a sus 600 hombres, fueron hechos prisioneros.

Waters y muchos de sus comandos también fueron tomados prisioneros, con quizás un tercio, aproximadamente 300, de los 900 originales que regresaron a las líneas aliadas. Toda la línea aliada estaba en peligro, y los alemanes parecían al borde de una gran victoria. No quedaba nada más que hacer que recurrir a la siguiente línea de defensa: la cadena montañosa occidental, a unas 50 millas de distancia. Con suerte, los pasos occidentales, en particular el vital Paso de Kasserine, podrían defenderse y la ofensiva alemana seria detenida.

▪ La retirada caótica

La retirada resultó ser una pesadilla. El maltratado II Cuerpo había sido gravemente derrotado, y con esa derrota vino una crisis de confianza. Fredendall, que había evacuado su puesto de mando a un lugar aún “más seguro”, se quejó a Eisenhower: “En este momento, 1er regimiento blindado [está] en un mal estado de desorganización. Ward parece cansado, preocupado y me ha informado que traer nuevos tanques sería lo mismo que entregarlos a los alemanes. Bajo las circunstancias [yo] no creo que deba continuar al mando. Necesito a alguien con dos puños de inmediato”. Eisenhower no tenía intención de eliminar a Ward, pero sí envió a uno de sus hombres de confianza, el mayor general Ernest Harmon, para que asesorara a Fredendall “durante las condiciones inusuales de la batalla actual”.

Las carreteras que conducían al oeste estaban repletas de vehículos estadounidenses que huían, proporcionando objetivos fáciles para los Stuka alemanes que caían del cielo como furias vengativas. Eisenhower, quien se había ido del frente antes de la batalla para regresar a su cuartel general en Constantine, Argelia, comenzó a enviar refuerzos hacia Sbeitla, una antigua encrucijada romana a 13 millas al noroeste de Sidi Bou Zid. “Nuestros soldados están aprendiendo rápidamente”, informó Eisenhower al Jefe de Estado Mayor del Ejército, general George C. Marshall. “Le aseguro que las tropas que salgan de esta campaña serán tácticas y tácticamente más eficientes”.

▪ Rommel en marcha

Mientras tanto, la Operación Morgenluft ("Aire de la mañana") había iniciado al sur. Rommel se encontró con poca resistencia, y el Mariscal de Campo estuvo encantado cuando el aeródromo aliado de Telepte fue capturado con 50 toneladas de valioso combustible y lubricantes muy necesarios en la mañana del 17. Sin embargo, Rommel, de mentalidad ofensiva, estaba perturbado por el hecho de que von Arnim no hubiese explotado completamente sus éxitos en Sidi Bou Zid. Von Arnim argumentó que no podía avanzar demasiado porque la situación del suministro y el combustible era dudosa en el mejor de los casos. El Zorro del Desierto no estaba convencido de eso.

Rommel quería reunir todas las fuerzas del Eje disponibles para un gran ataque a través del Paso Kasserine. Una vez superado éste, podría lanzarse a capturar el principal depósito de suministros aliados en Tebessa y luego continuar hacia la costa tunecina en Annaba (Bone). Con un poco de suerte, este empuje del noroeste lo llevaría detrás del Primer Ejército Británico de Anderson, que podría quedar atrapado y aniquilado a voluntad de los alemanes. El audaz plan de Rommel dependía de una acción inmediata, pero sus superiores tenían que aprobarlo primero. Se desperdició al menos un día mientras Kesselring y el alto mando italiano reflexionaban sobre ello. Al final, la propuesta recibió luz verde bajo el nombre en clave de Sturmflut (“Huracán”), pero fue una versión algo vaga y diluida de la propuesta inicial del Mariscal de Campo. Bajo Sturmflut, las fuerzas del Eje debían desplegarse a través del Paso Kasserine, luego dirigirse en dirección a Le Kef. En comparación con el plan original de Rommel, se trataba de una envolvimiento superficial y poco entusiasta de las fuerzas aliadas, pero algo era mejor que nada. Todo lo que Rommel sabía con certeza era que tenía luz verde y actuó en consecuencia. La batalla por el Paso de Kasserine estaba a punto de comenzar.

En ese momento la tarea urgente de Fredendall era evitar cualquier cruce de la cordillera por parte de los alemanes, pero ¿por donde iba a atacar Rommel? Kasserine no era el único paso que atravesaba las montañas, por lo que extendió sus fuerzas para cubrir todas las posibilidades. Algunas unidades británicas y francesas acudieron a ayudar, pero las defensas aliadas seguían siendo débiles. Kasserine fue inicialmente defendida por el 19º Regimiento de Ingenieros de Combate del Coronel Anderson Moore, una unidad cuyas tareas principales eran la construcción, no la lucha. Fredendall convocó al coronel Alexander Stark de la 26va infantería y le dijo que sostenga el pase. “Quiero que vayas a Kasserine de inmediato”, dijo Fredendall, “y hales un Stonewall Jackson”. Era típico de Fredendall cuando emitía órdenes hacer bromas coloridas, frases que contenían poca sustancia real. Stark llegó al Paso Kasserine el 19 de febrero.
Mapa de las operaciones realizadas durante la Batalla del Paso de Kasserine

▪ El asalto de Kasserine


El Paso de Kasserine es un angosto desfiladero rocoso el cual en su lado occidental se amplia en una cuenca que se divide en dos caminos. Uno conduce hacia el oeste a Tebessa y la base vital de suministros aliados, mientras que el otro se dirigía hacia el norte hasta la ciudad de Thala. Los estadounidenses tenían posiciones de artillería en ambas carreteras, listas para concentrar el fuego cuando el enemigo emergiese del estrecho cuello de botella de Kasserine.

El 19 de febrero un viento frío calo en los soldados hasta los huesos, y las lluvias torrenciales aumentaron la incomodidad. Los alemanes intentaron escabullirse a través de las posiciones estadounidenses al amparo de una espesa niebla envolvente, pero fueron detectados. La artillería estadounidense pronto los envío de regreso a su punto de partida. El ataque alemán era dirigido por el general Karl Bulowius, quien parecía despreciar tanto a los estadounidenses que siguió ordenando asaltos directos. Alrededor de las 3:30 pm, Bulowius envió a los alemanes hacia adelante una vez más, esta vez respaldados por tanques italianos. Se toparon con campos minados colocados allí antes por los sufridos ingenieros y fueron detenidos en seco. 

Bulowius, todavía confiado, espero la llegada de la noche. Los alemanes se infiltrarían en las defensas estadounidenses al amparo de la oscuridad, deslizándose por las colinas y las crestas que formaban las elevaciones de Kasserine. Estos asaltantes fantasmas tuvieron mas éxito ante las inexpertas unidades ya agotadas por los intensos combates. El pánico se volvió contagioso, y la situación era tan frenética que algunos oficiales no sabían lo que estaba pasando. Los soldados estadounidenses, individualmente y en pequeños grupos, abandonaron sus posiciones y buscaron seguridad en la retaguardia.

▪ La conquista del Paso

El sábado 20 de febrero amaneció frío y húmedo, pero los alemanes aún no habían logrado el avance deseado. Rommel había llegado y no estaba contento con lo que vio. El tiempo lo es todo en la guerra, y Rommel sabía que no le quedaba mucho para lograr la victoria. El octavo ejército de Montgomery todavía estaba lejos hacia el este, pero se acercaba rápidamente a la línea Mareth. "Esos tipos son demasiado lentos", se quejó a los ayudantes cuando encontró que la Décima División Panzer descansaba cómodamente cerca de Sbietla. Cuando el general Fritz von Broich explicó torpemente que estaban esperando que un batallón de infantería atacara primero, Rommel explotó. "Ve a buscar el batallón de motocicletas tú mismo y llévalo a la acción también", ordenó. Estaba cansado de escuchar excusas tontas de sus subordinados menos atrevidos.
Soldados ingleses observando los Nebelwerfer capturados al ejercito alemán

La presencia de Rommel tuvo un efecto positivo, y por un tiempo pareció como si los días embriagadores de 1941-1942 hubieran vuelto. Los alemanes emplearon un arma relativamente nueva, el Nebelwerfer, un lanzacohetes múltiples, que los estadounidenses rápidamente llamaron "Screaming Meemies" debido a los sonidos aterradores que hacia al disparar. La Décima División Panzer finalmente se movió a través del paso en vigor, solo para ser recibida por un puñado de tanques británicos Valentine, Crusader y destructores de tanques estadounidenses colocados como obstáculos. Los británicos y los estadounidenses lucharon valientemente, pero el resultado nunca estuvo en duda. La fuerza aliada, superada en número y calidad de armas, fue destruida. Veintidós tanques aliados y 30 semiorugas cubrían el suelo del valle. 


De está manera los alemanes atravesaron la parte principal del Paso Kasserine y aparentemente estaban a punto de un gran avance. Una vez en el lado occidental del paso, Rommel se encontró ante dos caminos, uno que iba hacia el suroeste hacia el centro de suministros de Tebessa, el otro hacia el norte a Thala y luego a la ciudad de Le Kef. Le Kef era el objetivo nominal de Sturmflut, pero Rommel se mostró indeciso ahora en su idea de envolver al Primer Ejército británico. Al final, el Mariscal de Campo envió sus fuerzas por ambas rutas. el Afrika Korps avanzó por el camino hacia Tebessa, mientras que el 10º Panzer se dirigió hacia el norte, hacia Thala y Le Kef. En este momento, más y más unidades aliadas estaban llegando y siendo redistribuidas a la batalla, endureciendo la resistencia. El comando del Coronel Paul Robinett de la Primera División Blindada le hizo pasar a los alemanes un mal momento en el camino de Tebessa. Los disparos precisos de tanques y artillería paralizaron su avance, y la infantería estadounidense hizo retroceder a los alemanes y de hecho recapturó algunos equipos que se habían perdido antes. Incluso Rommel admitió mas tarde que el enemigo había contraatacado "muy hábilmente".

Las fuerzas alemanas que conducían por la carretera del norte disfrutaron de un mayor éxito contra las fuerzas aliadas que defendían Thala. La 26ª Brigada Blindada del general Charles Dunphie luchó duro pero su equipo no pudo igualar a los tanques alemanes. Los británicos Crusader y Valentine eran inferiores en armamento y blindaje. Pronto el paisaje desértico estuvo cubierto de carros británicos destruidos. Dunphie se retiró a una cresta a tres millas al sur de Thala, después de haber perdido 38 tanques, 28 cañones y 571 hombres capturados. Las defensas británicas se habían derrumbado, y el camino a Thala estaba abierto.

El mariscal de campo Harold Alexander, un comandante británico experimentado e imperturbable, se sorprendió cuando visitó el II Cuerpo. "La confusión entre las unidades en retirada, la incertidumbre entre los comandantes y la falta de un plan de defensa coordinado lo convencieron de que eran necesarias medidas drásticas para restablecer la estabilidad", relata Blumenson. Las drásticas medidas de Alexander fueron ordenar que se detuviera la retirada y que los defensores lucharan, mientras llegaban los refuerzos británicos y estadounidenses. Al igual que en la Batalla de las Ardenas, no sería la última vez que los británicos ayudaron a "arreglar" un desastre estadounidense.
Prisioneros estadounidenses marchando en columna 

▪ El último golpe


Las fuerzas del eje habían salido victoriosas, pero no resultaron ilesas. Las pérdidas de personal alemanas e italianas habían sido relativamente leves, aunque algunas unidades italianas individuales habían sido diezmadas. Pero el principal problema era la escasez paralizante de combustible y municiones. Cada vez más unidades aliadas entraban en la lucha, algunas de lugares tan lejanos como Marruecos, y los avances del Eje, al principio tan prometedores, se habían ralentizado o habían sido detenidos en seco. El 21 de febrero, El general estadounidense LeRoy "Red" Irwin llegó a Thala con tres batallones de artillería y dos compañías de cañones, un total de 48 armas en total. A pesar de haber realizado una agotadora marcha forzada de cuatro días y 800 millas desde el oeste de Argelia, los hombres de Irwin se trasladaron de inmediato para apoyar a los exhaustos británicos.
Artillería inglesa repeliendo la ofensiva alemana durante la última fase de la batalla

A la mañana siguiente, el décimo Panzer se encontró con un atronador bombardeo de artillería aliada. Von Broich, que después de la reprimenda de Rommel, se había lanzando al frente con un batallón de motociclistas y había tenido que librar un brutal combate cuerpo a cuerpo con los defensores británicos, suspendió el avance. Después de leer un mensaje interceptado del comandante británico declarando que "no hay más retirada bajo ninguna excusa", Rommel se dio cuenta de que los Aliados tenían la intención de detenerlo ahí donde estaban, o morirían en el intento. Con combustible para solo 250-300 kilómetros, Rommel, se convenció de que los alemanes habían perdido la oportunidad de dar el golpe decisivo, se dio cuenta de que el juego había terminado. Las fuerzas del Eje, aun con la ventaja a su favor, se retiraron y Rommel movilizo sus fuerzas para realizar un ataque infructuoso contra el Octavo Ejército.


▪ Observaciones finales


Estratégicamente, la aplastante derrota de Kasserine no cambió nada más que retrasar el final durante unas pocas semanas. Hitler ya había tomado la decisión de mantenerse en África y sacrificar a sus veteranas tropas. Fredendall fue enviado a la reserva, y Patton con Bradley hicieron su entrada en la guerra. Los Aliados aprendieron, con este "curso intensivo", lecciones amargas sobre entrenamiento, comando, apoyo aéreo, logística y cómo pelear una guerra multinacional. 
El general George Patton examina el valle de El Guettar durante la batalla del mismo nombre

Sin embargo, Kasserine dejó un residuo amargo que envenenó la causa aliada por el resto de la guerra. Confirmó lo que los británicos creían de los estadounidenses, que eran soldados inferiores, amateurs, suaves y malcriados que necesitaban la orientación gentil pero firme de sus primos ingleses más sabios y experimentados.


Para los generales británicos como Montgomery y Alanbrooke, Kasserine fue una prueba de que los británicos tenían razón al instar a una estrategia indirecta de destruir a Alemania mordisqueando la periferia nazi en lugares como Italia y los Balcanes, en lugar de la opinión estadounidense por un asalto directo a Francia y luego Alemania.

Ese prejuicio era irónico, considerando que el ejército británico era el que había sido golpeado regularmente por las legiones de Hitler. Pero Kasserine les dio la ventaja de insistir en que el teatro europeo debería ser dirigido por generales británicos, de acuerdo con la estrategia británica.

Para los comandantes estadounidenses, no cortos en arrogancia, la actitud de sus aliados fue insultante. Y peor, esto había sido un golpe de cara con la realidad. Las campañas del norte de África e Italia de 1942–43 fueron la última vez que las fuerzas británicas y de la Commonwealth contribuirían con la mayor parte del poderío militar aliado. Para 1944, con Estados Unidos totalmente movilizado y Gran Bretaña quedándose con menos recursos humanos, los estadounidenses serían el socio principal, y los británicos lo sabían.

La venganza por Kasserine llegó el 13 de mayo de 1943, con la rendición de las fuerzas del Eje en Túnez. En las jaulas de alambre de púas ingresaron 275.000 prisioneros alemanes e italianos, más que en Stalingrado. Von Arnim estaba entre ellos, pero no Rommel, que había regresado a Europa.

¿Y la última palabra sobre la Batalla del Paso de Kasserine? Le dejaremos eso al Zorro del Desierto. Fue Rommel quien dijo de los estadounidenses que nunca había visto tropas tan mal preparadas para el combate, pero que aprendían muy rápido.

✍ Autores: Michael Peck y Eric Niderost


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Eleanor Roosevelt y la francotirador soviética 💢

Lyudmila Pavlichenko llegó a Washington a fines de 1942. Como poco más que una curiosidad para la prensa estadounidense, parada junto a su traductor con su uniforme del ejército soviético. Ella no hablaba inglés, pero su misión era obvia. Había venido en nombre del Alto Mando Soviético para obtener el apoyo estadounidense para la apertura de un “Segundo Frente” en Europa. Stalin solicitaba con urgencia que sus Aliados occidentales invadieran el continente, para obligar a los alemanes a dividir sus fuerzas y aliviar algo de la enorme presión ejercida sobre el Ejercito Rojo. 
Lyudmila Mijáilivna Pavlichenko (1916-1974)
Lyudmila visitó al presidente Roosevelt, convirtiéndose en la primera ciudadana soviética en ser bienvenida en la Casa Blanca. Después, Eleanor Roosevelt le pidió a la oficial nacida en Ucrania que la acompañara en una gira por el país y le contara a los estadounidenses sus experiencias como mujer en combate. Pavlichenko solo tenía 25 años, pero había sido herida cuatro veces en batalla. También era la francotiradora más exitosa y temida de la historia, con 309 muertes confirmadas en su haber, la mayoría soldados alemanes. Ella aceptó la oferta de la primera dama.

En el transcurso de sus presentaciones ante los periodistas, ella respondía amablemente las preguntas. En una oportunidad, uno le pregunto si las mujeres rusas podían usar maquillaje en el frente. Pavlichenko hizo una pausa; quizás recordó los combates librados hace pocos meses durante el Asedio de Sebastopol, donde las fuerzas soviéticas sufrieron bajas considerables y se vieron obligadas a rendirse después de ocho meses de lucha. Y finalmente contesto: “No hay ninguna regla en contra de eso, pero ¿quién tiene tiempo para pensar en el brillo de su nariz cuando se está librando una batalla?”

El New York Times la llamó la “chica francotiradora”, y otros periódicos observaron que "no usaba colorete ni maquillaje de ningún tipo", y que “su uniforme verde oliva no tiene mucho estilo”.

En Nueva York, fue recibida por el alcalde Fiorello LaGuardia y un representante del Sindicato Internacional de Trabajadores de la Piel y el Cuero, quien le regaló, como lo informó un periódico, un "abrigo de mapache de pieles bellamente mezcladas, que sería resplandeciente en un ambiente de ópera”. El periódico lamentaba que tal prenda “iría a las guerras en las sangrientas estepas de Rusia cuando Lyudmila Pavlichenko regrese a su tierra natal”.

Pero a medida que avanzaba la gira, Lyudmila comenzó a erizarse ante las preguntas. Una periodista critico la larga longitud de la falda de su uniforme, lo que implicaba que la hacía ver gorda. Pronto, la francotirador soviética tuvo suficiente de los disparos de la prensa. “Llevo mi uniforme con honor", dijo a la revista Time. “Tiene la Orden de Lenin en él. Ha sido cubierto de sangre en la batalla. Es evidente que con las mujeres estadounidenses lo importante es si usan ropa interior de seda debajo de sus uniformes. Acerca de lo que representa el uniforme, todavía tienen que aprender.”

Aún así, Malvina Lindsey, columnista de “The Gentler Sex” para el Washington Post, se preguntó por qué Pavlichenko no podía hacer un mayor esfuerzo con respecto a su estilo. “¿No es parte de la filosofía militar que un guerrero eficiente se enorgullece de su apariencia?”, Escribió Lindsey. “¿No se representa siempre a Juana de Arco con una armadura hermosa y brillante?”.

Lentamente, Pavlichenko encontró su voz, dejando a la gente fascinada con las historias de su juventud, el efecto devastador de la invasión alemana en su tierra natal y su carrera en el combate. En discursos en todo Estados Unidos y, a menudo, antes de miles, la francotirador abogo por un mayor compromiso de Estados Unidos en la lucha contra los nazis en Europa.

A otro periodista le reiteró lo que había visto en batalla y cómo la afectó en la línea del frente. “Todo alemán que siga vivo matará a mujeres, niños y ancianos”, dijo. “Los alemanes muertos son inofensivos. Por lo tanto, si mato a un alemán, estoy salvando vidas”.

Su tiempo con Eleanor Roosevelt la envalentonó, y cuando llegaron a Chicago en su camino hacia la costa oeste, decidió dejar de lado las “preguntas tontas” de los corresponsales de prensa sobre “si me pinto las uñas y me rizo el cabello”. Tal vez cansada por la supuesta indiferencia de los estadounidenses respecto al sacrificio del pueblo soviético, se paró frente a la multitud que había acudido a oírla, reprendiendo a los hombres para sostener el segundo frente. “Caballeros”, dijo, “tengo 25 años y ya he matado a 309 invasores fascistas. ¿No creen, caballeros, que se han estado escondiendo a mis espaldas durante demasiado tiempo?” Sus palabras debieron tocar a las personas ahí reunidas porque de inmediato surgió un creciente rugido de apoyo.

Lyudmila recibió obsequios de dignatarios y admiradores donde quiera que fuera, principalmente rifles y pistolas. El cantante de folk estadounidense Woody Guthrie escribió una canción, “Miss Pavlichenko”, sobre ella en 1942. “Ahora estoy considerada un poco como a una curiosidad”, dijo, “un tema para titulares de prensa y anécdotas. En la Unión Soviética, soy considerada un ciudadano, un luchador, un soldado de mi país”.

En su camino de regreso a Rusia, Pavlichenko se detuvo brevemente en Gran Bretaña, donde continuó presionando por la apertura de un segundo frente. De vuelta a casa, fue ascendida a mayor, recibió el título de Héroe de la Unión Soviética, la distinción más alta de su país, y fue conmemorada en un sello soviético. A pesar de sus llamamientos para un segundo frente europeo, ella y Stalin tendrían que esperar casi dos años. Para entonces, los soviéticos le habían dado vuelta a la situación y estaban en ventaja sobre los alemanes, cuando las fuerzas aliadas asaltaron las playas de Normandía en junio de 1944.

En 1957, 15 años después de que Eleanor Roosevelt acompañara a la joven francotirador soviética por Estados Unidos, la ex primera dama estaba de visita por Moscú. Debido a la Guerra Fría, la escolta soviética intento restringir la agenda de la señora Roosevelt y observó cada movimiento. Ella insistió hasta que le concedieron su deseo: una visita con su vieja amiga Lyudmila. Roosevelt la encontró viviendo en un apartamento de dos habitaciones en la ciudad, y las dos conversaron amigablemente y “con formalidad fría” por un momento antes de que Pavlichenko inventara una excusa para llevar a su invitada al dormitorio y cerrar la puerta. Fuera de la vista del escolta, Pavlichenko abrazó a su visitante, “medio riendo, medio llorando, diciéndole lo feliz que estaba de verla”. En susurros, las dos viejas amigas recordaron su viaje juntas, y los muchos amigos. Se habían conocido en la más improbable de las giras de verano en Estados Unidos 15 años antes.

Autor: Gilbert King (The Smithsonian MAG)

🌐 Fuentes:

“Girl Sniper Calm Over Killing Nazis”, New York Times, 29 de agosto de 1942.
“Girl Sniper recibe 3 regalos en Gran Bretaña”, New York Times, 23 de noviembre de 1942.
“Estudiantes rusos invitados Roosevelt”, New York Times, 28 de agosto de 1942.
“Chica francotiradora soviética citada por matar a 257 enemigos”, New York Times, 1 de junio de 1942.
“Guerrilla Heroes Arrive for Rally”, Washington Post, 28 de agosto de 1942.
Historia sin título de Scott Hart, Washington Post, 29 de agosto de 1942.
“No debemos llorar sino luchar, dice la mujer francotirador soviética” Christian Science Monitor, 21 de octubre de 1942.
“Un paso adelante para for Amazonas”, The Gentler Sex por Malvina Lindsay, Washington Post, 19 de septiembre de 1942. “Sin barra de color en el ejército rojo: niña francotiradora”, Defensora de Chicago, 5 de diciembre de 1942.
“Sólo los alemanes muertos son inofensivos, la mujer soviética declara”, Constitución de Atlanta , 29 de agosto de 1942.
“La heroína rusa obtiene un abrigo de piel”, New York Times , 17 de septiembre de 1942.
“Sra. Roosevelt, el francotirador ruso y yo”, por EM Tenney, American Heritage, abril de 1992, volumen 43, número 2.

📖 Bibliografia:

Henry Sakaida, “Heroínas de la Unión Soviética”, Osprey Publishing, 2003.
Andy Gougan, “Through the Crosshairs: A History of Snipers”, Carroll & Graf Publishers, 2004.
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Operación Bodenplatte, el canto de cisne de la Luftwaffe 🛩💥

....Con los alemanes atacando su aeródromo en Knokke, Bélgica, el líder de escuadrón G. Dickinson hizo una llamada urgente a su base, solo para que le dijeran: “Esto es el 1 de enero, viejo, no el 1 de abril”. Luego escuchó: “Dios mío ¡los bastardos están aquí!” y la línea se cortó...

El 1 de enero de 1945, lo último que los pilotos aliados en el frente occidental podían imaginar, era ver en el cielo algún avión alemán. Esto porque desde la invasión de Normandía, los pilotos de la RAF y la USAF habían limpiado de presencia alemana prácticamente los cielos de Europa.
Para finales de 1944, la situación de la Luftwaffe no era alentadora. Con el incesante ataque de la aviación aliada sobre territorio alemán —especialmente los centros industriales, refinerías y campos de aviación— la falta de combustible se convirtió en la principal preocupación para el alto mando, seguido de la disponibilidad de aviones. Por este motivo, la estrategia alemana se enfocó en conservar y acumular combustible y sus activos, lo cual trajo consigo las siguientes consecuencias: Primero, el tiempo de entrenamiento de los pilotos se redujo a menos de la mitad de las horas normales y en segundo lugar, los aviones solo podían operar sobre Alemania, en un promedio de cuatro días al mes en comparación de los aliados que realizaban misiones a diario.
El 16 de setiembre Hitler requirió que el OKW alemán planificara una operación de ataques aéreos masivos contra los aeródromos aliados en Francia, Bélgica y Holanda, en coincidencia con la Ofensiva de las Ardenas, planificada para la segunda mitad de diciembre. La jefatura de la operación fue confiada al general de aviación Werner Kreipe, asesorado por el general Dietrich Peltz, un veterano de las fuerzas de bombardeo de la Luftwaffe. Para la fecha indicada, sin embargo, el mal clima invernal imposibilitó cualquier operación que no fuese de apoyo aéreo. La Luftwaffe perdio más de 600 aviones y casi 350 pilotos en la víspera de Año Nuevo.
Al finalizar diciembre, con la ofensiva terrestre fracasada, pocos oficiales en la Luftwaffe creían que seguiría en pie el planeado ataque sobre los aeródromos aliados, pero el 31 de diciembre de 1944 llegaron las claves “Varus-Teutonicus”, lo que significaba que el ataque comenzaría en 24 horas. Sobre las 18:30 horas de ese día llegó a todas las unidades la clave “Hermann” como “Auftrag Hermann 1.1.1945 Zeit 09:30, que indicaba la fecha y hora del ataque”.
Con el nombre clave de Bodenplatte, las coordinaciones se realizaron en total secreto. Ni la Heer ni la Kriegsmarine ni siquiera las unidades antiaéreas de la propia Luftwaffe fueron informadas de la operación. El nivel de secreto era tan grande que se prohibieron las comunicaciones de radio durante la planificación, ni siquiera a través de los equipos Enigma, y toda la coordinación se realizó con mensajeros. Incluso algunos participantes se enteraron con horas de antelación. Esto tuvo una trágica consecuencia cuando las unidades antiaéreas alemanas confundieron a sus aviones con aviones enemigos y derribaron a varios de ellos. Debido a que la Luftwaffe llevaba tiempo sin hacer operaciones de envergadura. Hizo pensar a los artilleros que eran aviones enemigos. 
La ejecución de la operación fue bastante accidentada; una de las causas de esto fue la poca experiencia de las tripulaciones alemanas. Como lo expresó el “as” coronel Johannes Steinhoff: “Nos asignaron jóvenes pilotos que eran tímidos, inexpertos y asustados ... [y] aún no estaban listos para el combate. Ya era bastante difícil liderar y mantener una gran formación de pilotos de combate experimentados; con los jóvenes era inútil”. El coronel Günther Lützow señaló: “Nuestros jóvenes pilotos sobreviven un máximo de dos o tres misiones en defensa del Reich antes de que los maten”. Sumado al hecho de que los objetivos de la misión se habían mantenido en estricto secreto, muchos pilotos abordaron sus aviones creyendo que harían vuelos de práctica.
Los resultados fueron dispares. En algunos aeródromos se destruyeron bastantes aviones, mientras que en otros las bajas fueron mínimas, la escasa pericia de los pilotos alemanes en misiones de bombardeo (la mayoría se entrenaba en misiones de defensa aérea) causó numerosas pérdidas entre los propios atacantes; inclusive en algunas ocasiones los aeródromos marcados como objetivos simplemente no fueron ubicados por los pilotos atacantes. Ademas muchos aparatos alemanes volaban con demasiada lentitud o bien daban varias vueltas durante los ataques en lugar de “pegar y correr”, lo cual facilitó que la artillería antiaérea aliada les causara serios daños.
En líneas generales, el ataque logró destruir numerosos aviones británicos y estadounidenses pero fracasó en su objetivo final de causar la mayor cantidad posible de bajas entre los pilotos aliados. Al terminar el 1 de enero la Luftwaffe había empleado 850 aviones, la mayoria del tipo Focke-Wulf Fw 190 y Messerschmitt Bf 109, siendo destruidos 280 aparatos enemigos y averiados otros 69, mientras que se perdieron 213 pilotos entre muertos y prisioneros, muchos de ellos eran veteranos insustituibles. El secretismo de la operación contribuyó a que entre 30 y 35 aviones alemanes fueran destruidos o inutilizados por sus propias baterias antiaéreas. 
Por su parte, los aliados perdieron 305 aviones destruidos en tierra y otros 190 fueron averiados, mientras que unos 25 aparatos se perdieron en combate contra los alemanes, perdiéndose 14 pilotos, lo cual resultaba una cantidad ínfima de bajas en comparación a las pérdidas germanas. El sistema de rotaciones de pilotos usado por los aliados aseguraba que los “ases” aliados pasaran pocos meses en el frente, volviendo luego a sus bases en Inglaterra para instruir a los nuevos reclutas. En contraste, la difícil situación bélica de Alemania en ambos frentes forzaba a la Luftwaffe desde inicios de 1944 a mantener a sus “ases” en combate durante muchos meses continuos, con muy breves descansos, lo cual le permitió a muchos de ellos acumular victorias personales pero aumentando su riesgo de muerte, quedando además cada vez menos de ellos para el entrenamiento de los nuevos pilotos. Además, para las fuerzas aéreas aliadas resultó sencillo reponer los aviones perdidos en unas semanas, situación que no sucedía respecto a la Luftwaffe que sufrió perdidas que no se podía permitir. 
Mapa con la dirección de los ataques alemanes.
La Operación Bodenplatte fue la última gran ofensiva aérea de Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. Si bien causó graves pérdidas a los aliados durante unos pocos días, no alteró realmente la superioridad aérea aliada en Europa Occidental, y por el contrario las bajas alemanas debilitaron inútilmente el potencial humano de la Luftwaffe. Después de esto cayó sobre el ejército alemán todo el peso de las fuerzas aéreas aliadas, hasta el extremo de que resultaba imposible mover tropas o suministros en tierra sin atraer la atención, en forma de cohetes, bombas y balas, de sus enemigos que ocuparon libremente los cielos.
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El racismo estadounidense en el ejercito estadounidense durante la SGM

Durante décadas se ocultaron los episodios de odio racial, asonadas, motines, golpizas, atentados y las repulsivas medidas segregacionistas que sufrieron los soldados afroestadounidenses. Cientos de miles de soldados y oficiales negros y de otras minorías, incluyendo a los nipoestadounidenses (los nisei), lucharon en África, Europa y en el Oriente. Muchas decenas de miles entregaron sus vidas, muchos más figuran como desaparecidos o quedaron con secuelas permanentes debido a las heridas que recibieron en combate. Ni una sola de las unidades que conformaron defeccionó ante el enemigo y muchas de ellas se destacaron por su heroísmo y decidieron la victoria en los combates que libraron y en las tareas que asumieron.



El racismo de los generales estadounidenses no había cambiado mucho desde que los unionistas derrotaron a los confederados en 1865. El aguerrido desempeño de los afroestadounidenses en la Guerra de Secesión, en el sometimiento de las tribus indígenas del Oeste y en las guerras coloniales de fines del siglo XIX y principios del XX, no amortiguaron en nada el racismo profundo que estaba arraigado en la sociedad estadounidense y predominaba en los estados del Sur.

La “supremacía del hombre blanco” dictó poco después de la Primera Guerra Mundial algunas de las leyes inmigratorias más infames, para impedir el ingreso de migrantes provenientes del sur de Europa y especialmente de los judíos centroeuropeos y del Mediterráneo.

Al interior del país se perfeccionó la segregación sistemática y el relegamiento de los afroestadounidenses a las peores condiciones de vivienda y laborales, educativas y de salud. Ser negro en los Estados Unidos, y especialmente en el sur, equivalía a soportar vejámenes y todo tipo de arbitrariedades en todos los órdenes de la vida. Los nazis primero y los racistas sudafricanos con su apartheid después se inspiraron en las medidas estadounidenses de las décadas del 20 y del 30.

Desde el punto de vista de la organización militar, los altos mandos consideraban y sostenían abiertamente que los negros eran biológicamente inferiores, poco inteligentes, carentes de iniciativa, perezosos y cobardes. Por lo tanto no concebían a los soldados negros sino como personal de maestranza, cocineros, choferes y sobre todo peones y estibadores destinados a las tareas serviles y del mayor esfuerzo. Se los consideraba como trabajadores regimentados, de uniforme, y por ende más dóciles que los civiles en las mismas funciones.

Se oponían tenazmente a admitir oficiales negros y las unidades formadas por soldados negros o de color, que para los racistas abarcaba también a los indígenas y chicanos, solamente podían ser comandadas por oficiales blancos. La mayoría de estos oficiales consideraba esas funciones como un castigo degradante y despreciaban profundamente a sus suboficiales y soldados. De hecho aplicaban la “lógica laboral” de los esclavistas dueños de plantaciones: precaverse de cualquier insubordinación por la vía del sobretrabajo más despiadado y del trato brutal.

Hubo excepciones pero fueron muy pocas. Lo que está perfectamente documentado fueron las prácticas y crímenes racistas acompañados por miles de denuncias por parte de organizaciones como la NAACP (National Association for the Advancement of Colored People), la prensa afroestadounidense y los parlamentarios.

SEGREGACIONISMO MILITAR

Lo que más temían los racistas y particularmente los altos mandos del ejército era que los negros encuadrados en unidades de combate, uniformados y armados, pudieran rebelarse contra el trato que recibían. No solamente de parte de sus oficiales y de los soldados y policías blancos sino de la población, particularmente en los estados del Sur.

La Armada y la Fuerza Aérea se resistieron por mucho más tiempo que el Ejército a la incorporación de afro estadounidenses, aun como unidades de servicio. De hecho la Infantería de Marina (los Marines) no admitieron reclutas negros sino hasta bien avanzada la Segunda Guerra Mundial y en la Fuerza Aérea los pilotos negros se contaban con los dedos de la mano ya en plena guerra.

La “supremacía blanca” se apoyaba en la segregación más estricta. Los mandos se negaban a que hubiera el más mínimo contacto entre blancos y negros. Ya lo habían practicado, a disgusto de los franceses y británicos, durante la Primera Guerra Mundial. Blancos y negros no debían marchar juntos, viajar juntos, comer juntos, charlar o asistir juntos al cine o a espectáculos, compartir enfermerías, dormitorios, baños y sobre todas las cosas jamás debían combatir juntos para que la cotidianeidad y el jugarse la vida en compañía no debilitase el odio, los prejuicios y el injusto menoscabo de los negros que habían aplicado durante generaciones.

Los estigmas raciales que cultivaban los altos mandos se extendían a la población civil. Los soldados negros no debían interactuar con la población civil y se debía evitar, a toda costa, cualquier grado de proximidad entre soldados negros y mujeres blancas.

Aunque las medidas segregacionistas en los pueblos y ciudades de los Estados Unidos no se limitaban al Sur, era allí donde el apartheid estaba institucionalizado. Había restricciones para la circulación de los negros, civiles o militares, para su acceso al transporte, para andar por la calle, etcétera. Había salas de espera para negros, bebederos públicos para negros, barrios para negros, hospitales para negros. Iglesias para negros y cementerios para negros. Todas estas “facilidades” replicaban a las de los blancos pero con el clasismo que está incorporado en el racismo, todo era peor, más pobre, incómodo y deliberadamente degradante.

Cuando en 1939 se desencadenó la Segunda Guerra Mundial en Europa, el gobierno estadounidense debió tomar medidas como las que había adoptado veinte y pocos años antes para desarrollar una producción bélica multiplicada en apoyo a su aliado británico y se planteaba ya la perspectiva de prepararse para decuplicar sus fuerzas armadas en un lapso relativamente breve.

La concepción de la clase dirigente estadounidense no contemplaba a los negros y a las mujeres como mano de obra calificada para la industria bélica. Los primeros debían ocuparse de la producción agrícola, como efectivamente lo hacían en los estados sureños, y las segundas mantenerse en el hogar. Sin embargo, había elementos objetivos y subjetivos que hicieron entrar en crisis esas pretensiones.

Por un lado la migración interna de afroestadounidenses desde el Deep South hacia los polos industriales del este y del norte se había mantenido y acelerado desde el fin de la Primera Guerra Mundial. Además, las mujeres habían ido aumentando sostenidamente su presencia en la fuerza de trabajo.

Subjetivamente, tanto los negros como las mujeres, no estaban dispuestos a ocupar un papel secundario o servil. Trabajadoras y trabajadores aspiraban a los puestos calificados y mejor remunerados. Esto provocó enfrentamientos muchas veces violentos.

En Detroit hubo una oposición abierta de los trabajadores automovilísticos a la incorporación de operarios negros. En abril de 1943, 26.000 operarios blancos de la Packard hicieron huelga protestando por la promoción de 3 obreros negros. “Preferimos que gane la guerra Hitler o Hirohito antes que trabajar con negros”, decían los líderes.

En mayo de 1943 estalló la violencia en el astillero Atlanta, en Alabama, por el ingreso de trabajadores negros, y aunque la policía pudo dominar el choque, hubo decenas de heridos y el gobernador del Estado debió movilizar a siete compañías de la Guardia Nacional.

Después de bastantes titubeos el gobierno intervino para permitir el acceso de operarios negros que, por otra parte, eran necesarios para redoblar la producción de jeeps, camiones y tanques que requería la guerra en Europa. El presidente Franklin Roosevelt, que siempre fue un gran equilibrista político, no quería malquistarse abiertamente con los racistas. En cambio su esposa, Eleanor Roosevelt, y algunos de sus ministros actuaron para contemplar los reclamos de la comunidad negra.

Los dirigentes de esta comunidad vieron, en la participación de los suyos como tropas de combate, una oportunidad para remover obstáculos en su legendaria lucha para conquistar plenos derechos civiles. La enorme mayoría de los afro estadounidenses que se alistaron reivindicaban su patriotismo y estaban dispuestos a combatir a los nazis con las armas en la mano. Algunos de estos reclutas, muy pocos, eran veteranos de la Primera Guerra pero la mayoría eran afro estadounidenses jóvenes y educados, provenientes del Norte.

LA GUERRA ANTES DE LA GUERRA

Los altos mandos del Pentágono se avinieron a formar unidades de infantería, de ingenieros de combate y, cosa rara, de una unidad blindada. Sin embargo no desistieron de sus principios racistas de modo que el personal de maestranza estaba formado mayoritariamente por negros y miembros de otras minorías. En el teatro europeo, al terminar la guerra, el 69% de los choferes eran negros.

Como querían mantener la segregación a cualquier costo, la conformación y el entrenamiento de las unidades formadas por afroestadounidenses se radicó en los estados del Sur (Texas, Luisiana, Georgia, Alabama, Carolina del Norte y del Sur, etcétera). De este modo, se aseguraban que los acuartelamientos estuvieran en zonas poco pobladas, donde las localidades cercanas seguían practicando una rigurosa segregación y donde la mayoría de los blancos odiaban y temían a los negros.

Lo que resultó fue que, si bien consiguieron mantener la segregación y que los soldados negros tuvieran el menor contacto posible con la población civil, también fomentaron una cantidad de conflictos, peleas, asonadas, linchamientos y tiroteos que dejaron muchos muertos y heridos y exacerbaron al extremo las divisiones y la desmoralización entre las tropas que estaban preparando para la guerra.

Para sorpresa de los reclutas negros que venían del Norte, trasladados en ferrocarril hasta sus campos de entrenamiento, se les obligaba a llevar las cortinillas de las ventanillas bajas y cerradas y a no apearse en las paradas del trayecto. Pese a esto, los campesinos pobres (los hillbilly), fuertemente inficionados de racismo, solían apostarse a los lados de la via en zonas agrestes para disparar con sus escopetas contra “los vagones de los negros”.

Johnnie Stevens, un veterano del Batallón de Tanques 761º, recordaba décadas después lo que había sido aquel acuartelamiento: “Ser un soldado negro en el Sur, en aquellos días, era una de las peores cosas que te podían pasar. Si ibas al pueblo tenías que bajar a la calle si un blanco venía por la acera. Si pasabas de uniforme por un vecindario de blancos te daban una golpiza. Si tropezabas en la calle te acusaban de estar borracho y te pegaban. Si estando fuera del cuartel sentías hambre y no encontrabas un restaurante para negros o algún hogar de una familia negra que conocieses, ¿sabes qué? Te morirías de hambre. Eras un soldado, que estabas allí con el uniforme de tu país y te trataban como a un perro y esto sucedía en todo el Sur”.

Muchos miembros de la organización terrorista del Ku Klux Klan se habían enrolado en la policía local y de este modo apaleaban a los soldados y llevaban a cabo todo tipo de provocaciones. Además los miembros de la Policía Militar eran blancos y acompañaban a los locales en sus fechorías.

Desde 1941 los tanquistas del 761º se entrenaban en Camp Clairborne, cerca de Alexandria, en Luisiana, pero de hecho el pueblo les estaba vedado. No podían circular por el centro, ni comer en lado alguno, ni hacer compras. Solamente podían llegar a un barrio muy pobre, llamado el Little Harlem, donde vivían las familias negras.

Los soldados sospechaban de sus oficiales blancos que vivían pendientes de conseguir un traslado a una unidad de blancos. La mayoría era incompetente y por eso se les había asignado allí. De todos modos el batallón entrenó intensamente durante dos años y se le consideraba una de las unidades mejor preparadas para el combate.

La segregación racial también hacía que una enfermera blanca no pudiese atender a un soldado o un oficial negro y por esa razón, además de una cuerpo auxiliar femenino formado por mujeres blancas (las WAC, Women Army Corps), cuatro mil mujeres negras (120 de ellas oficiales) sirvieron durante la guerra como WACs afroestadounidenses. Accesoriamente los bancos de sangre estaban rigurosamente segregados, jamás se transfundiría a un soldado blanco con sangre de donantes negros y viceversa.

La primera baja de esta “guerra en la guerra” se produjo en abril de 1941, cuando el soldado Felix Hall fue encontrado colgando de un árbol en una zona agreste de Georgia, con las manos atadas a la espalda. Las autoridades militares quisieron atribuir la muerte a suicidio pero no lo consiguieron.

Lamentablemente hubo muchas otras muertes y todas las investigaciones policiales y judiciales (particularmente de la justicia militar) fueron invariablemente inconcluyentes, desprolijas e incapaces de descubrir a los culpables.



Es imposible reseñar todos los enfrentamientos y muertes que se produjeron ininterrumpidamente durante cinco años (entre 1941 y 1945 y aun después de la desmovilización) involucrando a militares negros. Poco después del linchamiento de Hall, soldados negros del Cuerpo de Maestranza 48º fueron asaltados en su cuartel por soldados blancos de la 30ª División de Infantería. Otros episodios involucraron a cientos de soldados negros del 94º Batallón de Ingenieros y tropas estatales de Arkansas.

Los tiroteos y choques con muertos y heridos seguían y en 1942, el juez William Hastie, un respetado jurista afro estadounidense comisionado por el gobierno para investigar la violencia racial, informaba que “en el Ejército un negro es enseñado a ser un combatiente, en suma un soldado; es imposible crear una doble personalidad que por un lado sea la de un combatiente contra un enemigo extranjero y por la otra un ser sumiso que acepte un tratamiento menos que humano en su patria. Con frecuencia creciente se siente entre los soldados de color la idea de que si han sido convocados para pelear muy bien podrían pelear aquí y ahora”.

En los primeros días de 1942, la policía de Alexandria apaleó a unos tanquistas que estaban de franco en el pueblo. Poco después un soldado blanco golpeó a una trabajadora negra y fue increpado por los tanquistas. A duras penas los oficiales pudieron contener a sus hombres pero el 10 de enero, las tensiones que se habían ido acumulando durante meses, estallaron en forma incontenible.

Los policías militares blancos arrestaron a un tanquista y sus compañeros se dispusieron a liberarlo por la fuerza. Llegaron al cuartel y se encendieron los motores de los tanques del 761º, el armamento fue municionado y con sus tripulaciones completas se prepararon para aplastar a los policías.

A todo esto en las calles de Alexandria se desarrollaba una batalla campal entre blancos y negros. Una multitud de varios miles de personas se enfrentaba a pedradas, botellazos, y disparos de escopeta, fusiles y pistolas.

Los oficiales del 761º, después de negociar a gritos durante una hora, consiguieron a duras penas que los tanquistas desistieran de arrasar Alexandria y volvieran a las barracas. No hubo arrestos ni cortes marciales y a pesar de la cantidad de heridos y de algunos muertos el episodio fue silenciado y las unidades cambiadas de lugar.

A mediados de 1943, los choques que involucraban a militares en los Estados Unidos habían alcanzado una intensidad inocultable. En las calles de Harlem y de Paradise Valley se registraba una violencia que se replicaba en las bases militares y en las poblaciones cercanas a ellas en todo el país. Las tropas afro estadounidenses se enfrentaban, mano a mano o en distintas combinaciones, con la policía militar, los policías, los ciudadanos y los soldados blancos.

En setiembre de 1942, los 42 oficiales y 600 soldados del 761º ya eran un cuerpo de elite y fueron trasladados a Fort Hood, en Texas, para completar el entrenamiento avanzado en combate de blindados. En ese medio, al entorno racista y provocativo se sumó un hecho que enfurecía a los soldados negros. En el área de Fort Hood había un gran campo de prisioneros alemanes e italianos.

Los maltratados soldados estadounidenses veían que los prisioneros eran tratados bastante mejor que ellos, disfrutaban de una relativa libertad para entrar y salir, se les asignaban tareas livianas de limpieza pero estas nunca se ejecutaban en las barracas ocupadas por los soldados negros.

Los oficiales alemanes que fallecían estando internados eran sepultados con todos los honores, enfundados en su uniforme de gala, envueltos con la bandera nazi y pelotones de fusileros disparaban salvas en su honor (hay fotos que lo documentan muy bien).

LA GUERRA QUE GANARON

En junio de 1944, en vísperas del desembarco en Normandía, había 134.000 soldados negros en Europa pero solamente una unidad, el 99º Escuadrón de Caza, había entrado en combate. Sus pilotos se reconocían entre ellos como “las águilas solitarias” debido a la segregación absoluta que se ejercía en torno a ellos. El 6 de junio, cuando se produjo el desembarco en Normandía, de los 185.000 hombres que participaron solamente 500 eran negros, pertenecientes a un batallón de globos de barrera (artefactos que protegieron eficazmente de los ataques de los bombarderos en picada).

El 761º partió el 27 de agosto de Nueva York hacia Inglaterra cruzando el océano con sus tanques en un convoy de 500 transportes. Sus antepasados habían hecho una travesía transoceánica encadenados como esclavos. Ahora iban a participar en una guerra en nombre de libertades que ni sus antepasados ni ellos habían disfrutado. El 8 de setiembre desembarcaron en Gran Bretaña y fueron acuartelados en Wimborne, Dorset, a unos 30 kilómetros del Canal de la Mancha.

Los británicos acogieron con simpatía la llegada de los soldados negros. El escritor George Orwell dijo que el consenso general de sus compatriotas era que los únicos soldados estadounidenses con modales decentes eran los negros.

El hostigamiento y las agresiones racistas siguieron ocurriendo pero no por cuenta de la población británica sino por parte de los soldados blancos estadounidenses. La agresividad y los ataques de estos contra los negros británicos, la mayoría de los cuales provenían de las Indias Occidentales (jamaiquinos, por ejemplo), indignaron a las autoridades y a la opinión pública. El parlamentario Harold MacMillan, que más adelante sería Primer Ministro, propuso que los soldados británicos de color llevaran un cintillo especial para evitar que fueran atacados por los soldados estadounidenses.

En tierras de Francia, el Tercer Ejército de los Estados Unidos, comandado por el excéntrico y audaz George S. Patton hacía de punta de lanza en el empuje hacia París. Patton, un aristócrata californiano, famoso por su arrojo e intrepidez, apreciaba grandemente los blindados que le habían permitido ser la vanguardia desde el desembarco en Normandía.

Además de portar sendos revólveres Colt 45 con cachas de nácar pendiendo de la cintura como un cowboy, el general salpicaba su conversación con réplicas mordaces, insultos y palabras soeces. Se dice que lo hacía para compensar su vocecita aflautada. Tenía un genio particularmente adecuado a la guerra relámpago y era un jefe respetado. Al mismo tiempo era un racista puro y duro, antisemita y anticomunista visceral que acariciaba el sueño delirante de derrotar a los nazis para combatir enseguida a los soviéticos a quienes consideraba los verdaderos enemigos de su país.

En su veta racista había sostenido, antes de la guerra, que los negros no podían pensar con suficiente rapidez como para combatir en blindados. Sin embargo, en 1944 Patton reclamó las mejores unidades de tanques para su ejército y el 761º era una de ellas. Refiriéndose al 761º se dice que vociferó que le dieran buena comida y los mejores tanques a esos “negritos” (usaba la palabra niggers que es la forma insultante y más despectiva de referirse a los negros) y se los mandaran.

El 761º cruzó el canal y Patton los recibió en Saint-Nicolas-du-Port. Desde un camión arengó al batallón y después trepó al Sherman M4 de E.G. McConnell, examinó el nuevo cañón de tiro rápido y mirando a los ojos al oficial le dijo: “Escucha muchacho, quiero que le dispares a todas las malditas cosas que veas, iglesias, campanarios, torres de agua, casas, señoras ancianas, niños, parvas de heno, cada maldita cosa que veas, ¿me entiendes muchacho?”. Patton era un peleador muy diferente a los llamados generales de escritorio y los tanquistas estaban dispuestos a seguirlo.

A medida que los aliados se aproximaban a Alemania la resistencia de la Wehrmacht se endurecía. Los nazis lanzaban a la batalla las unidades fanatizadas de las Waffen SS y ponían en acción los tanques pesados y los cañones antiaéreos de 88 mm utilizados como mortíferos antitanques.

En esos días empezaron los 183 días de combates ininterrumpidos en que participó el 761º, sin retroceder jamás, a través de seis países (Francia, Luxemburgo, Bélgica, Holanda, Alemania y Austria) hasta el fin de la contienda.

Las unidades de tanques estadounidenses combatían en promedio durante dos o tres semanas y después eran retiradas a retaguardia por un lapso similar para descansar, reaprovisionarse y recibir relevos. Las Panteras Negras, como ya se denominaba a los integrantes del 761º, hicieron todo esto sobre la marcha y su record de permanencia en combate se atribuye al racismo imperante en el comando del Tercer Ejército. Se ha dicho que los generales aplicaban el procedimiento de los hacendados esclavistas en tiempos de cosecha: haz trabajar a los negros hasta que se desplomen.

Además, el 761º no operó en conjunto, como batallón de tanques, sino que se le asignó la función de “bastardos” lo que, en la jerga militar de la época, significaba que cada compañía actuaba independientemente, en conjunto con un batallón de infantería. Los “bastardos” eran la punta de lanza que avanzaba con sus tanques, enfrentaba a los blindados alemanes, a la artillería antitanque, a los nidos de ametralladora y a los francotiradores. Detrás de los tanques avanzaba la infantería para asegurar el terreno u ocupar los pueblos.



Se dice que este tipo de acciones, que era fundamental para evitar bajas en la infantería y avanzar rápidamente, hacía más difícil que el comando del Tercer Ejército apreciase la eficacia combativa del 761º y contabilizara sus logros. Los hechos posteriores demostraron que el racismo intervino para impedir que se reconociese el aporte sustancial de los Panteras Negras. Los jefes y oficiales de las unidades de infantería que combatieron junto a ellos, en cambio, no escatimaron elogios, agradecimientos y cálidas expresiones de camaradería hacia los tanquistas negros.

Un balance muy posterior estableció que los tanques del 761º habían destruido cientos de blindados y baterías antitanque alemanas, liquidado miles de nidos de ametralladora y que jamás habían abandonado el campo de batalla ni retrocedido, lo que significaba que siempre habían protegido a su infantería a costa de sus propias vidas.

En diciembre de 1944, los nazis desataron una contraofensiva sorpresiva, en Bélgica, con el objetivo estratégico de cercar y aniquilar a tres ejércitos aliados, llegar a Amberes y negociar una anhelada paz por separado con Estados Unidos y Gran Bretaña para volcar las fuerzas que le quedaban al frente oriental. El alto mando aliado, encabezado por Dwight Eisenhower, pecó de exceso de confianza porque, aunque el camino desde Normandía a Bélgica no había sido un paseo, fue un combate de retaguardia en el que la Wehrmacht resistió furiosamente pero sin contraatacar.

El lugar elegido por los alemanes para atacar fue la región belga de las Ardenas caracterizada por montañas y quebradas boscosas, que se considerada intransitable para grandes unidades y especialmente para los tanques. En diciembre de 1944, el invierno más crudo azotaba la región. Nevadas copiosísimas, cielos nublados y tormentas impidieron la acción de la aviación en la que los aliados habían alcanzado una superioridad abrumadora.

La Wehrmacht echó el resto y lanzó 500.000 soldados, 1.800 tanques (la mayoría pesados) y 1.900 piezas de artillería, apoyados por 2.400 aviones contra los 840.000 soldados, 1.600 tanques, 4.150 cañones y 6.000 aviones apuntados hacia el Rhin. El 16 de diciembre comenzó la acción, la sorpresa fue total y se produjo la rotura del frente. En las primeras dos semanas la Wehrmacht avanzó rápidamente.

Después los aliados trajeron refuerzos, entre ellos el 761º, desde el Sarre, y consiguieron estabilizar la situación. Finalmente los cielos se despejaron, la aviación machacó a los nazis y la superioridad de las fuerzas aliadas revirtió las acciones a su favor. Las Panteras Negras lucharon heroicamente desde que sus tanques fueron desembarcados del ferrocarril, cerca de Bastogne, la población donde estaba cercado el Primer Ejército.

Otra unidad integrada por afro estadounidenses también se destacó en el esfuerzo para liberar a los atrapados en Bastogne, el 183º Batallón de Ingenieros de Combate. En torno a Tillet, el 5 de enero, el 761º enfrentó con éxito a la 13º División Panzer de las SS en una de las mayores batallas de tanques de las Ardenas.

El balance final da cuenta de la dureza de los combates. Los estadounidenses soportaron las mayores pérdidas. El 25 de enero de 1945, cuando se rompió el contacto definitivamente, habían quedado 19.276 estadounidenses muertos, 41.493 heridos y 23.554 fueron hechos prisioneros o desaparecieron; los británicos tuvieron 200 muertos y 1.400 prisioneros o desaparecidos; los alemanes sufrieron 15.652 muertes, 41.600 heridos y 27.582 prisioneros o desaparecidos.

UNA GUERRA TERMINÓ Y OTRAS SIGUIERON

El 761º terminaría su periplo bélico derribando las puertas de los tenebrosos campos de concentración de Buchenwald y Dachau. Los soldados afroestadounidenses entraron en contacto directo con los crímenes del nazismo e intentaron aliviar a sus víctimas.

El comandante del Tercer Ejército, George S. Patton, mientras tanto, ya había empezado a confrontar con el Comandante en Jefe Eisenhower a propósito de la desnazificación. Patton le escribía entonces a su esposa Beatriz: “Nunca oí que nosotros lucháramos para desnazificar Alemania: vive y aprende. Lo que estamos haciendo es destruir el único Estado semimoderno de Europa para que Rusia pueda engullirlos a todos... de hecho los alemanes son el único pueblo decente en Europa”.

Patton atribuía los problemas “a los judíos que quieren venganza”. En su diario el guerrero californiano consignó sus más íntimos pensamientos acerca de las víctimas del nazismo: “todo el mundo cree que las personas desplazadas (se refiere a los internados en los campos de concentración) son seres humanos, lo cual no es cierto y esto se aplica particularmente a los judíos que se encuentran por debajo de los animales. Ya sea que las personas desplazadas nunca hayan tenido decencia o ya sea que la hayan perdido durante el periodo de su internación por lo alemanes. Mi opinión personal es que ningún pueblo puede haberse hundido hasta el nivel de degradación que estos presos han alcanzado en el corto periodo de cuatro años”.

A raíz de sus manifestaciones públicas pronazis, Patton fue destinado a un puesto menos relevante y finalmente murió en un accidente automovilístico ocurrido en Heidelberg, el 21 de diciembre de 1945.

Para esas fechas el Batallón de Tanques 761º había sido desmovilizado y sus integrantes dados de baja y enviados a casa.



Sin embargo y a pesar de que su comandante lo había recomendado calurosamente, la unidad nunca recibió la Medalla de Servicios Distinguidos. La resolución fue secamente despachada diciendo que sus merecimientos no habían sido probados. Este agravio formaba parte del muro de silencio que rodeó no solamente el clima racista y la segregación que habían sufrido los afro estadounidenses antes y durante la Segunda Guerra Mundial sino el infame ocultamiento de su valiente y denodado desempeño en defensa de su patria.

Esa infamia solamente sería parcialmente reparada en 1978 cuando los sobrevivientes del 761º fueron convocados por el gobierno de Jimmy Carter para conferirle al Batallón de Tanques la Mención de Unidad Distinguida que canallescamente le había sido negada 33 años antes.

Los afroestadounidenses habían contribuido a ganar la guerra contra el Tercer Reich y el Imperio del Sol Naciente pero la guerra desatada por el racismo no ha cesado hasta hoy en día y la Guerra Fría recién comenzaba.

Autor: Lic. Fernando Britos V. (http://fernandobritosv.blogspot.com/2015/09/racismo-estadounidense-y-el-batallon-de.html)
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